La escritora de origen ruso Ayn Rand (1905-1982) en la obra La rebelión de Atlas escribió: “Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores, cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”.
La democracia requiere tolerancia y respeto al derecho ajeno, pero principalmente una conducta ética que nos recuerde que la vida es una constante causa y efecto. Ser primero seres humanos antes que ciudadanos, y aplicar esa regla de oro “no hagáis a otro lo que no queréis que os hagan a ti”. Para ello la población requiere una educación de calidad, sin dogmatismos de cualquier índole y que haga hincapié en la solidaridad humana. Con un aditamento señalado por Albert Camus: “solidarios, no solitarios”.
Hemos llegado a tener veinte Constituciones en nuestra agitada vida republicana, validando más el objetivo político inmediatista y el apetito del caudillo de turno, que el respeto a la ley. No se puede pretender “refundar” el país con cada nueva Constitución; es confiar demasiado en el destino y muy poco en nuestras propias potencialidades como pueblo soberano.
Olvidando aquella pregunta-respuesta de John Keats “¿no véis cuán necesario es el mundo del dolor y de las tribulaciones para educar una inteligencia y convertirla en un alma?, y sin apropiarnos del verdadero valor de la tragedia, somos cándidos e impacientes, queremos el triunfo sin haberlo luchado, y por luchar entiendo sacrificio y padecimiento. Como que no le damos trascendencia a nuestro destino histórico y vamos de una teoría económica a otra, sin examinar a profundidad sus ventajas y desventajas. Empero estas circunstancias están por superarse. Gracias a la informática y al inusitado intercambio de productos e ideas, en el globalizado siglo XXI las condiciones materiales e ideológicas están por la transformación positiva. Que ante el reto del cambio, la violencia debe ceder ante la razón. Reconocernos lo que somos, homo sapiens sapiens, hombre que sabe que sabe.
Si queremos enfrentar con éxito la globalización, demandamos un sistema educativo óptimo basado en la calidad de sus docentes poseídos de modo pleno del eros pedagógico y evaluados constantemente. Una educación primaria de diez grados, y una universidad comprometida con el desarrollo del país, que además de transmitir el conocimiento, sea creadora de conocimientos en armonía con la naturaleza, que fomente la investigación científica. Somos muy pobres en saberes de física y química, y sin ellos no podremos salir del subdesarrollo.
El camino es fomentar una cultura de paz,[1] que nos convierta a futuro cercano en otro país latinoamericano sin fuerzas armadas. Mucho ayudarían esos recursos para destinarlos a educación, creación de fuentes de trabajo, seguridad social y salud, para el buen vivir. ¡Cuánto bien haríamos a las futuras generaciones con tal triunfo de la razón sobre la fuerza!
La crisis es el reto para superarnos. Caso contrario, caeremos en el revanchismo, seguiremos en la eterna queja que culpa a otros de nuestro atraso. Que nosotros no somos los culpables, que somos puros, inocentes y cándidos. Con ello acallamos nuestra conciencia y avalamos la mediocridad. Queja que viene de hace mucho, y que se oficializó en la letra de nuestro Himno Nacional. Al no existir personas inocentes, y debiendo asumir cada uno su grado de responsabilidad, quien no perdona no merece ser perdonado.[2] Bernard Shaw decía que la madurez es un largo proceso por el cual aprendemos a perdonar a nuestros padres, al hacerlo asumimos nuestra propia responsabilidad y nos convertimos en dueños de nuestras propias vidas. Añadiré, es la manera de liberarnos.
En definitiva, se precisa que el pueblo ecuatoriano apoye y concierte un proceso económico a largo plazo que priorice la creación de fuentes de trabajo en una sociedad que cuide y proteja el medio ambiente, debemos pensar en el futuro de los jóvenes y su derecho a encontrar trabajo en su país y no verse obligados a emigrar a países desarrollados. Pero no es conveniente plantear un esquema económico de desarrollo en la Constitución, ya que constituye una camisa de fuerza para una aplicación adecuada de la economía que debe adaptarse según las cambiantes circunstancias productivas y de intercambio existentes en el mundo.
Debemos aprender a diferenciar las “políticas de Estado” que son aquellas constantes institucionales, diplomáticas y económicas que se mantienen a lo largo del tiempo, más allá de la sucesión de los gobiernos, y las “políticas de gobierno” que nacen y mueren con cada administración. Decía Mariano Grondona que los países caracterizados sólo por sus políticas de gobierno no tienen memoria y, por ello, no tienen historia; cada cambio de presidente empiezan de nuevo un proyecto diferente. Observo políticas de Estado en la “concertación” chilena y en la continuidad económica y la diplomacia brasileña que lo han convertido en un verdadero subimperio regional. Cuál ha sido la política exterior ecuatoriana: con Colombia, donarle territorio, y con Perú, aliarse a la política exterior chilena, ambas catastróficas para la integridad de nuestra heredad territorial. Hemos carecido de una política diplomática propia, suena duro, pero es la verdad. Por eso se dice que entre los países no hay amistad sino concurrencia de intereses.
Internamente, un país se vuelve inviable si no parte de consensos por pequeños que fueren. Hay que ceder pero conservando lo intrínseco de uno, caso contrario dejaríamos de ser lo que somos. Diremos que si se quiere perdurar, la palabra clave es consenso. Acuerdos, a veces mínimos, que sumados a otros acuerdos mínimos, llegan a un consenso general libre de imposición. Que lo conseguido sea fruto de un esfuerzo colectivo, y no la conquista de un iluminado o caudillo.
Ni la prosperidad ni la riqueza se consiguen por decreto, sino que son fruto del mancomunado trabajo creativo en libertad; que los principales motores del crecimiento son el capital humano y la productividad, y un sector productivo y unos trabajadores y trabajadoras capaces de innovar, crear y competir en un mundo globalizado.
Para desarrollarse en armonía, superando la pobreza y con respeto a la madre naturaleza, la sociedad ecuatoriana debe priorizar sus inversiones y gastos. Tiene mucho de razón el presidente costarricense Oscar Arias quien en su reciente discurso en la Cumbre de las Américas en mayo de 2009, manifiesta no concordar que América Latina gaste cincuenta mil millones de dólares en armas y soldados contra un enemigo imaginario, o acaso para matarse entre sí, mientras los pueblos se debaten en la pobreza; y lo dice un presidente con el respaldo moral de su país que por decisión constitucional carece de fuerzas armadas; y de un país que nunca ha tenido dictaduras al igual que Estados Unidos, Belice, Canadá y Jamaica; y que por decisión del Congreso, por primera vez en Latinoamérica, ha establecido en el año 2009 el Ministerio de Justicia y Paz, para fortalecer una convivencia pacífica y solidaria entre sus ciudadanos. Ya lo dijo Juan Rulfo en “México y los mexicanos”: Nos salvamos juntos/o nos hundimos separados/.
Ciudadanos, la vida es muy breve para dedicarla a matarnos unos a otros, por los motivos que fueren; por eso se ideó el contrato social, y sea la ley y no nuestra propia mano quien imponga justicia. Entre países, la guerra es un acto que lesiona intereses vitales de la humanidad, incentivada por seres aquejados de soberbia que se creen superiores a su prójimo o que se consideran poseedores de un destino manifiesto. La paz tiene un compromiso con la vida, con la creación; la guerra y el terrorismo tienen un compromiso con la muerte, con la destrucción.
Finalmente, una certeza producto de una duda metódica.[3] Ninguna Constitución Política del mundo, ha sido ni será perfecta; caso contrario existiría un país sin conflictos ni necesidades, lo que es una utopía y se estaría viviendo en la Arcadia, ese lugar donde todo es paz y armonía; el ser humano es imperfecto en sus cualidades y saberes, mas, por su intelecto, perfectible. Y por exhaustiva que sea una legislación siempre es posible encontrar resquicios a través de los cuales violar la ley bajo una capa de legalidad. Por eso, el verdadero motor de un pueblo no son sus leyes sino su cultura, y si la cultura es frágil e incapaz de generar transformaciones positivas acorde con los tiempos, de poco sirve una normativa por mucho que se la recoja en la llamada Carta Magna.
[1] En la sección primera del importante tratado La paz perpetua, Kant resaltó visionario la necesidad humana de la paz entre estados, que conlleva la desaparición de los ejércitos permanentes: “3. «Los ejércitos permanentes (miles perpetus) deben desaparecer totalmente con el tiempo.»
Pues suponen una amenaza de guerra para otros Estados con su disposición a aparecer siempre preparados para ella. Estos Estados se estimulan mutuamente a superarse dentro de un conjunto que aumenta sin cesar y, al resultar finalmente más opresiva la paz que una guerra corta, por los gastos generados por el armamento, se convierten ellos mismos en la causa de guerras ofensivas, al objeto de liberarse de esta carga; añádese a esto que ser tomados a cambio de dinero para matar o ser muertos parece implicar un abuso de los hombres como meras máquinas e instrumentos en manos de otro (del Estado); este uso no se armoniza bien con el derecho de la humanidad en nuestra propia persona. Otra cosa muy distinta es defenderse y defender a la patria de los ataques del exterior con las prácticas militares voluntarias de los ciudadanos, realizadas periódicamente. —Lo mismo ocurriría con la formación de un tesoro, pues, considerado por los demás Estados como una amenaza de guerra, les forzaría a un ataque adelantado si no se opusiera a ello la dificultad de calcular su magnitud (porque de los tres poderes, el militar, el de alianzas y el del dinero, este último podría ser ciertamente el medio más seguro de guerra)”.[Immanuel Kant, La paz perpetua, traducción de Joaquín Avellán, Editorial Tecnos, Madrid, 1985]
[2] Cuán necesarias resultan estas palabras de Albert Einstein: "No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar 'superado'. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla."
[3] Ello, en cumplimiento de un principio enunciado por el viejo René Descartes: “Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”. Y de estas esclarecedoras palabras: “daríais prueba de una veracidad más loable al colocar algunos puntos de interrogación detrás de vuestra fórmulas favoritas y de vuestra teorías preferidas (y detrás de vuestra persona misma, si llega la ocasión), antes que hacer uso de todos los gestos solemnes y de los argumentos decisivos que presentéis”, Nietzsche, Más allá del Bien y del Mal, Editorial Edaf, Madrid, 1995, p. 60. También de estos versos del antipoeta Nicanor Parra: “Estoy sentado al escritorio/A mi izquierda los manuscritos del último discurso malo/A mi derecha los del primer discurso bueno/Acabo de redactar una página/Mi problema es el siguiente:/Dónde la deposito madre mía!/A la izquierda? a la derecha?
domingo, 13 de diciembre de 2009
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Este artículo espero que os lleve a meditar en la necesidad de la paz y la solidaridad humana,
ResponderEliminarLa cultura es la base de una sociedad equibrada y solidaria. Por ello se debe apuntar fundamentalmente a la educación de los niños y jóvenes.
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